Tierra
Santa
TEL AVIV, Israel.–
La luna que ilumina el valle del Jordán, la depresión más
profunda del planeta, parece inventada por el pincel de un impresionista.
En este lugar sagrado del globo no resulta difícil entender por
qué un satélite blanco y distante ha sido históricamente
capaz de inspirar amores. Esta noche, en el camino que va desde el Néguev
hasta el mar de Galilea el silencio les gana a las bombas, a los misiles
y al horror. El mar Muerto se está secando a unos kilómetros
de aquí, y dicen que podría desaparecer dentro de 50 años,
pero siempre hay vida y luz intensa en Israel, el país que respira
sobre un desierto convertido en vergel.
Parece un milagro
–o al menos un privilegio– encontrar, en el camino, Jericó, la ciudad
donde Jesús le devolvió la vista a un ciego.
–¿Con
o sin papas fritas? –pregunta el vendedor de un puesto de falafel, sobre
la plaza principal de ese espacio bíblico, donde unos chicos árabes
dan vueltas en bicicleta y un puñado de tiendas que venden de todo
recuerda la vida comercial intensa del barrio de Once.
Las croquetas
de garbanzo –el falafel– están crujientes. El pan de pita trae berenjenas,
humus, repollo, habas y, claro, si uno quiere, papas fritas. El mismo sándwich
se consigue en la palestina Jericó o en Tiberíades, la ciudad
judía sobre el Mar de Galilea, que en realidad es un lago de agua
dulce rodeado de montañas. De hecho, no lleva más de una
hora y media unir ambas ciudades andando por el valle del Jordán.
En cualquiera de ellas, no lleva más que cinco minutos encontrar
el falafel. En cambio, lo que lleva ya demasiado tiempo es el conflicto
ancestral, la pelea por este territorio que palestinos y judíos
reclaman para sí, en medio de una violencia que no cesa.
Hoy, para llegar
hasta Jericó o a cualquiera de los territorios bajo gobierno palestino
es obligatorio cruzar un checkpoint, sobre el muro de 700 kilómetros
que desde 2002 construye Israel en Cisjordania. Según la Defensa
israelí, el levantamiento de este muro –aunque sólo el 6%
es de cemento y el resto, barreras y alambrado– ha sido la única
forma de evitar atentados suicidas en los últimos años.
–Digan lo que
digan, lo cierto es que no hubo más gente inmolándose desde
que el muro se levantó –sostiene Shoshana Michanie, una argentina
que vive en Jerusalén hace 11 años y tiene 11 nietos israelíes
que “hablan bastante bien el argentino”.
El intendente
de Jericó, Hassan El Hussein , del partido Al-Fatah, habla inglés.
Aquí, y en el resto de las ciudades bajo gobierno palestino, la
brecha de recursos culturales y económicos se ve demasiado amplia
entre quienes ocupan puestos de poder y la mayoría de los habitantes.
Con Israel, además, la diferencia es abismal. En los colegios judíos,
por ejemplo, el idioma inglés es obligatorio desde preescolar.
–No tenemos
nada en contra de los judíos ni de su religión –declara El
Hussein, en una sala de conferencias del municipio–. Nuestro problema es
el soldado que está en el puesto militar y no nos deja pasar del
otro lado. Siempre nos hablan de que el problema es Hamas, y nosotros decimos
que debe retroceder en Gaza, pero ésa no es la cuestión.
Si se construye un Estado palestino, nosotros podemos controlar el terrorismo,
pero no nos dejan.
En la franja
de Gaza, a metros de la ciudad gobernada por Hamas, el aire es algo asfixiante.
–Usted no puede
dar mi nombre en las notas. Yo le doy la información, pero por favor
no me mencione; es por una cuestión de seguridad.
El que aclara
los tantos es un militar israelí que nos recibe en la base que el
ejército tiene en ese lugar desolador. Algunos soldados se entrenan
y uno de ellos, junto a un tanque, lee la Torá. Hay un mirador que
deja ver la cercanía de Gaza, desde donde llegan los misiles que,
según el oficial, “se pueden detectar para dar aviso a la población,
pero son difíciles de detener”.
Hoy es un día
tranquilo, pero ayer cayeron varios Qassam. La base está ubicada
a sólo diez minutos de la ciudad judía de Sderot. Bella y
ordenada, con casas bajas y mucho verde, tiene una escuela en la que los
chicos saben cómo y cuándo deben acudir a un refugio.
–Entre el aviso
de la sirena y la caída del Qassam pueden mediar entre cero y veinte
segundos –cuenta Iafi Shpirer, una especialista en estrés postraumático,
cerca de una mole de cemento que tienen los chicos para protegerse.
Es viernes
y todos cantan canciones junto al profesor de música. La vida sigue,
aunque muchos de los habitantes de la ciudad hayan emigrado a zonas más
seguras. Afuera, en la misma calle del colegio, un cartel reza: “Ehud Olmert,
¿hasta cuándo? 5726 cohetes Qassam”.
La cuenta del
cartel suma cifras casi a diario. Y es por culpa de esta rutina, que ya
lleva años, que cada casa o departamento que se construye en territorio
israelí debe tener un refugio antibombas, antimisiles.
En los diarios
que se venden en la puerta de una panadería del centro de Sderot
hay una buena cantidad de avisos de compra y venta de departamentos. A
pesar del conflicto armado, la construcción avanza. Los sábados,
los diarios no se publican.Y donde más se percibe el silencio del
shabat es en Jerusalén.
Los libros,
la gente
José
Cohen asegura que si hay algo que derriba muros es la medicina. En el prestigioso
hospital Hadasa, de Jerusalén, donde él trabaja, “la mitad
de los pacientes son de origen musulmán”. Cohen es rosarino, neurocirujano,
tiene 41 años, e integró el equipo que operó al primer
ministro Ariel Sharon en 2006.
–Los libros
de medicina no hablan de bioterrorismo. Acá tenemos que inventar
todo para tratar a los pacientes –cuenta, mientras da detalles sobre una
técnica mínimamente invasiva para operar heridos de bala
o personas que han sufrido daños graves en atentados–. Igualmente,
lo que yo siempre explico es que acá hay una guerra, pero en tu
vida cotidiana vos no vivís en estado de guerra. No sé cómo
decirlo, pero lo importante es que acá la vida sigue, ¿entendés?
En la sala
de espera del hospital hay dos mujeres georgianas con sus dientes de oro.
Y otros dos pacientes de Chipre que esperan su turno. En el techo, las
luces empotradas son también la parte más visible en unos
paneles movibles por los que, ante una emergencia, un tubo de oxígeno
cae y convierte todo el edificio en una gran sala de primeros auxilios.
Afuera está
Jerusalén la Vieja, la que David erigió capital de su reino
y donde su hijo Salomón construyó el Templo. Dieciocho veces
destruida y 19 reconstruida en sus 3000 años de historia, hoy sus
calles son un libro abierto sobre las religiones monoteístas del
mundo. Todas juntas allí, en el lugar que todos quieren para sí,
objeto principal de la disputa histórica que no termina.
El sector más
importante de la población árabe de la ciudad se puede ver
desde el Monte de los Olivos, desde un mirador que linda con el cementerio
judío más antiguo de la historia. Se trata del sector este
de la ciudad, que tuvo administración jordana hasta la Guerra de
los Seis Días, en 1967, y luego quedó bajo dominio israelí.
En Jerusalén,
la Biblia siempre queda cerca; a la vuelta de la esquina están la
iglesia de Getsemaní, el beso de Judas, el jardín donde Jesús
oró antes de ser crucificado. La mayor parte de los 800.000 habitantes
de la ciudad es religiosa. Las familias más numerosas son las árabes
y las judías ortodoxas, con altas tasas de natalidad. Sólo
el 1,5% de los habitantes profesa la fe católica.
–Esta es una
ciudad única. Y una de las más difíciles de administrar
–explica Yigal Amedi, el vicealcalde, ante una delegación de 37
universitarios argentinos convocados a Medio Oriente por la Fundación
Universitaria del Río de la Plata (FURP)–. El año último
llegaron a Israel 2 millones de turistas, y casi todos ellos vinieron aquí.
Amedi pertenece
al partido derechista Likud, y asegura que la vida cultural de Jerusalén
está floreciendo, ya lejos de los atentados terroristas que hacían
explotar colectivos a cada paso. “Ahora –promete– vamos a crear un Museo
de la Tolerancia. Costará 120 millones de dólares, será
financiado por la Fundación Wiesenthal y construido por Frank Gehry.”
¿Tolerancia?
En el interior de la Ciudad Vieja, sobre todo después de la segunda
intifada (2000), existe una tolerancia cotidiana que convive con la tensión
permanente. No es que árabes y judíos no se encuentren a
diario en el maravilloso shuk (mercado árabe) ni que estén
peleándose en los bares antiguos donde sirven té con menta.
No es que todos por igual no se paren frente a la tele de un restaurante
para ver telenovelas argentinas o partidos de básquet, que aquí
es el deporte más popular. No es eso. Pero tampoco es posible evitar
la tensión que se respira al entrar por cualquiera de las siete
puertas de la Ciudad Vieja, cuyas murallas ocupan apenas un kilómetro
cuadrado.
Al judío
Pepe Halelo, diputado del minoritario partido Meretz, lo llaman “El Sultán
de Jesús”.
–Hay que ser
realista. A la gente no le gusta que yo lo diga, pero tenemos que solucionar
el tema de la pobreza en los barrios árabes de esta ciudad. Hay
un millón de árabes que son ciudadanos israelíes.
Y además, acá, el tema político es el más importante.
Esta ciudad nunca se va a unificar. Tenemos que dividirla en municipios
y compartir la administración de los lugares santos, o hacer que
la ONU intervenga. El que trata de vender otra solución se engaña.
En el Ministerio
de Relaciones Exteriores, el uruguayo Joel Salpak no habla de política,
sino del crecimiento de la inversión económica directa –“pasó
de 1,7 millones en 1998 a 14,2 en 2006”–, pero agrega una cuestión
interesante para pensar: por estos días, en Israel también
existe un hiato interno, una disparidad sobre la que hay que trabajar,
entre los habitantes históricos y los nuevos, como los rusos y etíopes
que han venido desde culturas muy diferentes. Salpak bromea: “Gracias a
Dios, acá, problemas no nos faltan”. La contraparte, dice, es que
el país crece: “En cualquier teléfono celular del mundo hay
un chip inventado en Israel”.
Lugares
Sagrados
En el principio
de la Vía Dolorosa está la Iglesia de la Condenación.
Muy cerca, un colegio al que concurren chicos de origen árabe y
unas tiendas con maravillosas pashminas. Para recorrer el camino del Via
Crucis hay que caminar entre turistas de todas partes. La llave de la Iglesia
del Santo Sepulcro la tiene un musulmán amable y cordial, vestido
de traje y corbata. Por el Santo Sepulcro pasan 5000 personas por día.
El sector musulmán
no queda lejos. Allí está la maravillosa cúpula dorada
que se ve en las postales. Lugar sagrado para el islam después de
La Meca y Medina, una guía aclara que el Domo de la Roca “ni es
una mezquita ni la construyó Omar”. La mezquita de Al-Aqsa está
al lado, sobre la explanada que pisó Ariel Sharon antes de la segunda
intifada, y a la que no pueden entrar los judíos.
Tampoco hay
árabes en el Muro de los Lamentos. Hay que acercarse de noche para
percibir la energía y la mística que emana de los rezos,
la fuerza de cada papelito escrito de puño y letra, encajado entre
las piedras por los peregrinos que anhelan ver cumplidos sus deseos.
Cerca de la
Puerta de Damasco, un árabe ciego vende escobas y dos adolescentes
israelíes dejan su ametralladora sobre la mesa de un bar para tomar
café. Por las noches salen a bailar con sus novias, pero de día
se entrenan. Están atentos a todo. Y no hay que perder el arma porque
eso significa algunos años de cárcel.
–Así
es la vida aquí. Y estamos orgullosos –asegura Iosy, de 18 años,
vestido con su uniforme verde.
El servicio
militar es obligatorio para los israelíes. Los varones pasan allí
tres años y las mujeres, 21 meses. Pero todo el país es un
ejército de reserva. Y las calles se ven como pintadas de verde.
Adi, un taxista ya mayor que lee las noticias en el matutino Yediot Ahronot
dice que está dispuesto a servir al ejército cada día
de su vida. Lleva la cabeza cubierta con una kipá, nació
en Polonia y es de los que todavía recuerdan el idioma que hablaban
los judíos de Europa.
–En yiddish
–explica– kipá se dice yarmulke.
Es sobreviviente
de la Shoá. Y explica que el Museo del Holocausto –Yad Vashem– queda
cerca.
–Es duro. Pero
vaya. No se lo pierda –dice–. Al fin y al cabo, también estamos
aquí para recordar, y hacer todo lo posible para que la historia
no se repita.
Cruzar el
Muro
Las oficinas
del gobierno de la Autoridad Nacional Palestina están en Ramallah,
en la Muqata. Por recomendación del gobierno israelí, los
judíos no deben viajar a esta ciudad ni a ninguna de las otras que
se encuentran bajo gobierno palestino. Ramallah tiene casi 60 mil habitantes,
y está ubicada a 15 kilómetros al noroeste de Jerusalén.
Su centro comercial es bullicioso. El mercado ofrece increíbles
dátiles, todo tipo de verduras y especies, y las compras se pueden
regatear, aunque no tanto como en el shuk de Jerusalén, donde un
par de candelabros ofrecidos por 250 shekel se pueden llevar a casa por
no más de 80.
En el interior
de la Muqata, un edificio de cinco pisos ubicado sobre una colina, hay
fotos de Yasser Arafat. El líder de la Organización para
la Liberación Palestina (OLP) vivió aquí, sitiado,
sus últimos tres años. En realidad, casi toda la ciudad sigue
empapelada con su figura, y en las calles todos dicen que no han tenido
otro líder que los representara tanto desde que él murió.
En Ramallah también está su tumba.
–Aquí
fue sepultado en noviembre de 2004, pero sabemos que Arafat pidió
ser enterrado en Jerusalén; esperamos que algún día
su deseo se pueda cumplir –cuenta el guía, que habla español,
y que con el comentario siguiente se gana la simpatía de los oyentes–.
Yo creo que la de él es como la historia de San Martín, que
murió en Francia y sólo muchos años después
sus restos pudieron trasladarse a la Argentina.
También
en Ramallah hay gente de todas partes. Juan Pablo Sciurano tiene 29 años
y es argentino-italiano. Vive en la ciudad y es sociólogo y representante
de la Associazione di Cooperazione allo Sviluppo (ACS), una ONG de Padua
que desarrolla proyectos de cooperativismo, comercio justo y agricultura
orgánica en diferentes países de Europa del este y Medio
Oriente.
–Lo nuestro
son los microcréditos, la agricultura orgánica, el cooperativismo
y el comercio justo –cuenta, y confiesa que extraña su casa, en
Güemes y Santa Fe. Le interesa particularmente la situación
de las mujeres en Palestina, y trabaja con el objetivo de que puedan desarrollarse
“porque viven relegadas y excluidas” de los mecanismos de representación
pública.
–Encima, lo
que además de todo resulta injusto es que una mujer tenga que dar
a luz en un
checkpoint,
esperando su turno para pasar del otro lado del muro, sin saber si lo logrará
–se lamenta–. Las familias palestinas están aisladas, y la mayoría
no quiere el terror, sino vivir en paz.
En la Unidad
de Negociación del gobierno palestino, Muzna Shihabi tiene contabilizados
los “550 checkpoints que alteran nuestra vida cotidiana, entre fijos y
móviles. Si queremos salir del país –dice–, no podemos ir
al aeropuerto de Ben Gurión, en Tel Aviv. Nos obligan a hacerlo
por Jordania o Egipto y, además, hay rutas para judíos y
rutas para palestinos”.
Uno de esos
checkpoints está en Belén, la ciudad donde nació Jesús.
La Basílica de la Natividad recibe turistas en forma incesante,
y en la oficina de Turismo aseguran que, a pesar de las dificultades que
plantea el muro, este año llegaron hasta allí unos 600.000
visitantes, el doble que en 2005. Muy cerca, en Beit Sahour –la ciudad
donde el ángel anunció el nacimiento de Cristo–, se pueden
comer delicias árabes en un bar ubicado sobre una montaña
donde sirven cuscús, albóndigas de carne con jengibre y café
con cardamomo.
Cuando la comida
se termina y los platos quedan vacíos, para volver a Jerusalén
hay que cruzar de nuevo el checkpoint de Belén. Junto al muro, un
local de souvenirs vende pesebres. Los compradores son escasos porque está
refrescando, milagrosamente llueve, es otoño, y a las cinco de la
tarde ya parece de noche.
Agua en
el Desierto
En el kibutz
Magal llueve sólo tres meses al año, y los demás días
vuela el polvo que, en suspensión, casi no deja ver las aldeas jornadas
de enfrente. Quizás esto explique por qué, junto a otros
dos kibutzim –Iftaj y Hatzerim–, Magal es dueño de Netafim, la empresa
de riego de bajo caudal más importante del globo. Creada por israelíes,
tiene más representaciones en el mundo que el Ministerio de Relaciones
Exteriores: unas 110, y doce fábricas en diferentes países.
Con la cantidad de metros de caño que lleva fabricados podría
trazarse una línea para viajar 15 veces, ida y vuelta, de la Tierra
a la Luna.
Las ventas
de Netafim ascienden a 400 millones de dólares anuales y sus productos
han sido capaces de mejorar cultivos en las zonas más inhóspitas
del planeta. Está muy cerca de la frontera con Jordania, en el lugar
más angosto del país. Desde allí hasta el mar sólo
hay 15 kilómetros de distancia.
–Llevamos lanzadas
más de diez generaciones de goteros y sistemas de riego por goteo
–explica el argentino Ezequiel Kohan, gerente de recursos humanos, dentro
de un invernadero en el que crecen riquísimos tomates.
Los kibutzim,
las unidades cooperativas que fueron basales en la construcción
del Estado de Israel, hoy subsisten más integrados al ámbito
capitalista. En uno de ellos, el kibutz Ein Ashloá, cerca de la
franja de Gaza, se consiguen mate y alfajorcitos de maicena rellenos con
dulce de leche. Dos de sus fundadores, los argentinos Ariel Cramsky y Yehuda
Kedem, recuerdan los comienzos, hace 57 años:
–Lo primero
que produjo el kibutz fueron deudas –bromean–. Al principio teníamos
una vaca, y ahora tenemos uno de los primeros diez tambos del país.
Actualmente,
en Israel existen 277 kibutzim. Representan al 2% de la población,
aunque en el sector agrícola se llevan el 35% de la producción
nacional. Incluso reciben nuevos colonos, como Diego y Roxana Silberman,
que junto con sus hijos Matías y Karen llegaron hace seis años
desde Paraná, Entre Ríos.
–Estamos felices
–asegura ella–. Aunque te parezca mentira, en Israel nos sentimos tranquilos.
Tenemos trabajo y una buena calidad de vida.
De la Playa
a la Frontera
Si como dice
Nejama Kalai, que está aquí desde hace más de 40 años
(cuando llegó desde Oliden al 1200, en el barrio de Mataderos),
“en Israel la vida se mide en guerras”, también es cierto que esa
vida además pasa por la belleza: un atardecer en los acantilados
de Rosh Hanikra, sobre las grutas que formó el mar, 8 kilómetros
al norte de Naharia (y ahí nomás el puerto de Haifa y el
monte Carmel); una visita a la fortaleza de Acre (la única ciudad
de los cruzados que se conserva en su totalidad) o a las imponentes ruinas
de Masada, Patrimonio de la Humanidad, donde se respira un aire muy diferente
del de los puestos militares.
En el que está
ubicado en la frontera con el Líbano se ven las banderas de Hezbollah
al otro lado del camino, detrás del cartel de No entry, ubicado
al borde de la ciudad judía de Metulá, donde unos niños
juegan en el césped junto a una patrulla de soldados. Aquí
cerca, en 2006, fueron secuestrados los soldados israelíes en una
emboscada que dio origen a la guerra con el Líbano. Sus fotos están
colgadas de un cartel, en una curva de la ruta, donde desde entonces existe
una suerte de santuario. El oficial de la inteligencia militar cuenta que,
como en el norte de la Argentina, aquí también existe una
triple frontera en la que la tensión es moneda corriente. En un
castellano apenas comprensible, señala con su dedo los límites
entre Israel, Siria y el Líbano, desde un lugar alto en el que todo
se ve con una claridad que asusta.
Argentinos
La embajada
argentina queda en Tel Aviv, una ciudad muy diferente de Jerusalén,
en este rincón del mundo donde, como dice el embajador, Atilio Molteni,
“nació la civilización y ahora se desarrolla, bajo el estandarte
de la religiosidad, la violencia política más significativa
de nuestros días”.
En Israel viven
80.000 compatriotas. La cultura cosmopolita y la movida nocturna están
aquí. Como en el valle del Jordán, también hay luna
sobre la playa del Mediterráneo. Y también en Yaffo, a diez
minutos del centro, donde dos argentinos se miran en un bar mientras escuchan
una música suave, dos ingleses compran dulces en Abouelafia, la
panadería que está abierta las 24 horas desde 1879, y dos
turcos toman café en la terraza del restaurante Aladdin.
En Tel Aviv
está la bolsa de diamantes más grande del mundo. Pero para
las hinchadas de Boca, River, San Lorenzo, Newels, Racing y
Atlanta, que
esta noche cantan sobre la costa, lo que vale oro es juntarse a ver los
partidos de la Selección. Es común ver quinientas personas
saliendo a la calle a gritar un gol de Tevez, por más que los relojes
locales marquen las dos de la mañana.
Los hinchas
están organizados. Cada club tiene su propia cofradía, sus
reuniones, sus sitios web (ver aparte). Todos dicen que llegaron hasta
el aeropuerto de Ben Gurión “por sionismo”, y que están felices
en Israel.
El aeropuerto,
uno de los más seguros del mundo, queda cerca de la ciudad. Para
salir del país hay que soportar los controles, que son extremos.
Llegar con anticipación, abrir las valijas, quitarse las botas y
el cinturón, como mínimo. Juan Pablo Sciurano, el argentino
de la ONG italiana, manda un mail de esos que pueden leerse mientras llega
el tiempo de volar:
“Por aquí
las cosas siguen como el otro día, cuando ustedes vinieron por acá.
Ayer el camino estuvo tranquilo; de los cuatro checkpoints fijos sólo
encontré presencia militar en uno, y el acceso fue bastante fácil.
Te escribo desde el bar del Jerusalén hotel, ese lugar divino adonde
venía Omar Shariff. Ayer estuve visitando un proyecto nuestro en
el norte de Jenin, a metros del muro, en un lugar que podría ser
hermoso, donde estamos construyendo terrazas para la plantación
de árboles de almendra. Yo creo que es posible plantar árboles.
Ojalá.”
Por Valeria
Shapira (enviada especial)
vshapira@lanacion.com.ar
Agradecimientos
Este viaje
de LNR fue posible gracias a la Fundación Universitaria del Río
de la Plata (FURP), una organización privada de bien público
creada en 1970 por jóvenes profesionales con el fin de contribuir
a la formación de dirigentes de extracción universitaria,
en el marco de un diálogo responsable y pluralista. Actualmente,
su presidente es Luis Rosales ( www.furp.org.ar ). LNR agradece especialmente
a Alejandro Mellincovsky, Graciela Adán y Eduardo Spósito
por la colaboración prestada para la realización de esta
nota.
Para saber
más:
* www.mfa.gov.il
* es.wikipedia.org/wiki/Autoridad_Palestina
* http://domino.un.org/UNISPAL.NSF?OpenDatabase
* www.habanim.org
* www.piedralibre.co.il
* www.tierrasantamonumental.co.il
* www.peñalabombonera.co.il
* www.netafim.com
El candidato
Ami Ayalon
entra en un recinto de la Knesset (el Parlamento israelí) y el auditorio
queda en silencio: tiene una presencia imponente. Es diputado laborista
y ministro sin cartera. Fue director del Shabak, el servicio general de
seguridad, y vivió dos años en la Argentina, donde participó
del proceso que llevó a la captura del líder nazi Adolf Eichmann,
responsable de la “Solución final” contra los judíos durante
la Segunda Guerra Mundial. Para muchos, Ayalon es un serio candidato a
alcanzar el cargo de primer ministro. “Vamos a tener seguridad en Israel
cuando los palestinos tengan esperanzas –opina–. Porque muchas veces nosotros
cedemos, otorgamos, pero después el terrorismo crece. Antes de la
última intifada, vivimos un período de tranquilidad que coincidió
con el hecho de que el pueblo palestino tenía esperanzas. Si logramos
soluciones diplomáticas, Hamas hará menos atentados. No tenemos
que perder de vista el programa nuclear iraní y la expansión
de los grupos radicales islámicos. Y, tampoco, que los judíos
de los asentamientos merecen un destino digno, lo mismo que los refugiados
árabes, que desean volver a sus territorios.”
Annapolis
y después
Por Lic. Erwin
Viera
La crisis
permanente entre el Estado de Israel y la Autoridad Nacional Palestina
sigue generando dudas después de la reciente reunión de Annapolis
entre los mandatarios de ambos países.
Desde el lado
palestino, tanto el asesor de política exterior de la Autoridad
Nacional Palestina, Majdi Khladi, como el diputado palestino Abdullah Abdullah
expresan que hay cinco elementos en discusión: el status definitivo
de Jerusalén oriental, las fronteras con Israel, la situación
de los refugiados palestinos, el dominio de los recursos hídricos
y la situación de los asentamientos de colonos israelíes
.
Del lado israelí,
Daniel Gazit, de la Cancillería, señala que la preocupación
estaba centrada en tres cuestiones vitales: el papel de Hamas (que no reconoce
al Estado de Israel y aboga por su destrucción), el monopolio del
uso legítimo de la fuerza en la ANP y, lo fundamental, el reconocimiento
de Israel como Estado judío por parte de los palestinos.
Para la mayoría
de los analistas, la amenaza central es Irán. El investigador
y asesor en contraterrorismo Yoram Schweitzer señala que el aspecto
más preocupante es el apoyo que otorga Irán a los grupos
terroristas islámicos, como Hezbollah, Hamas y Jihad Islámica,
suministrándoles dinero, armas y entrenamiento militar.
Otro especialista,
Anat Kurz, agrega que “el proceso político, cuyo relanzamiento fue
comunicado en Annapolis, expresa la aspiración de contener la amenaza
y expandir la potencial oportunidad de llegar a algún tipo de acuerdo”,
cuyo fin último es la creación del Estado palestino autónomo,
y el objetivo no declarado es contener la expansión del poder regional
de Irán (persa y chiíta), que representa una amenaza eventual
para los Estados árabes musulmanes sunnitas (Arabia Saudita, Egipto
y Jordania, entre otros).
Quizás
el obstáculo más importante está en la política
doméstica de ambos lados, pues el primer ministro israelí,
Ehud Olmert, como su par palestino, Mahmud Abbas, están debilitados
y amenazados políticamente por los extremistas de ambas partes.
Lo más destacable de Annapolis quizás haya sido el esfuerzo
diplomático de los Estados Unidos por volver a tener un rol positivo
en una región en donde hasta ahora sobran los desaciertos de la
administración de Bush.
El autor, politólogo,
es consultor en Medio Oriente y docente universitario
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