Miradas
Una
nueva... Nueva York
Lo que
cambió y lo que sigue igual en las calles de la Gran Manzana, según
la óptica de un visitante reincidente
Si bien siempre
he dicho que Manhattan es la única isla del mundo donde viví
y viviría si no pudiera vivir en mi Buenos Aires querido, eso no
me impide criticar muchas cosas de ambas ciudades. El caso es que la primera
vez que me establecí fuera del país por razones laborales,
el hecho tuvo lugar en Manhattan a fines de la década del 50, y
esa ciudad me deslumbró. Entonces, la población de argentinos
en todo el estado de Nueva York se calculaba en unos setenta mil, y hoy
dicha cantidad sigue siendo más o menos la misma, aunque en el Consulado
no se haya registrado nunca ni un 15% de tal cantidad. De todos modos,
hoy, entre asiáticos, latinoamericanos y afroamericanos, creo que
podríamos tener más de un 50% de la población total
del estado neoyorquino, completado el resto por un alto número de
descendientes de italianos, españoles, irlandeses y, finalmente,
nos quedan los Wasp ( White, A nglo Saxon, Protestants), que se van transformando
en una selecta minoría. También estoy seguro de que debe
haber muchos argentinos dedicados silenciosamente a importantes tareas
en medicina, biología, química, arquitectura o actividades
artísticas. Pero sólo escuchamos hablar de Paloma Herrera.
En cambio, en los sesenta circulaban notoriamente argentinos como Astor
Piazzolla, Marcelo Bonevardi y Omar del Carlo, ganador con Juan José
Castro de un concurso internacional de ópera del cual fue jurado
Igor Stravinski, con la obra Proserpina y el extranjero. También
se veía, entre otros, al querido Mono Villegas, a Sergio Mihanovich,
Yuyo Noé, Fernando Maza, a la bailarina Ana Itelman, o al periodista
Horacio Estol, que conocía como nadie Manhattan.
Tráfico
difícil
Debo haber
visitado Nueva York más de veinte veces, pero tanto el año
último como éste he notado que, aunque mantiene cosas sorprendentes
y maravillosas, viene perdiendo cierta calidad de vida, más notoria
en sus calles que en las grandes tiendas y restaurantes, donde el trato
es siempre muy profesional, cortés y eficiente. Pero veamos algunos
problemas. Por ejemplo, el tráfico, que si bien nunca fue demasiado
fluido, se ha puesto peor que el nuestro -lo cual es mucho decir- aun respetándose
todavía allá semáforos y la integridad física
del peatón. Las veredas siguen siendo anchas aunque en casi todas
hay obstrucciones, que si bien permiten el tránsito de los peatones
por pasos creados ad hoc invaden incluso el asfalto, pero todo eso no responde
a ninguna irracionalidad, sino a grandes reformas en los edificios, a las
debidas necesidades de su mantenimiento o a reparaciones de los diversos
servicios de provisión de energía eléctrica, agua,
comunicaciones o de los sistemas de frío o calor. Vale decir que
los peatones pueden seguir arreglándoselas, pero en cambio los autos,
además de perder espacios, sufren unos barquinazos increíbles
porque los baches, atribuidos siempre a las últimas nevadas, son
más grandes y profundos que los nuestros. De paso, y ya que hablamos
de autos, digamos con referencia a los actuales y multinacionales choferes
de taxi, que hablan en su gran mayoría idiomas de origen propios
no identificables y muy mal inglés, que nos hacen difícil
una normal comunicación con ellos. Tanto es así que cuando
damos direcciones debemos hacerlo trabajosamente, y casi lo mejor o más
aconsejable es entregarles la dirección de destino, escrita en un
papel. A todo esto debemos agregar que los sábados, siempre muy
dedicados a las compras, se establecen en distintos puntos neurálgicos
de la ciudad, ferias que bloquean totalmente el tránsito en importantes
avenidas, lo que crea largas situaciones de una inmovilidad vehicular realmente
exasperante.
Adiós CD
Otro tema
muy particular es que año tras año notamos en la mayoría
de los restaurantes, fundamentalmente después de las 18, no tanto
al mediodía, un ruido tremendo provocado por la altísima
forma de hablar y de reírse de sus clientes -tal vez estimulados
por los tragos, sin los pacificadores cigarrillos, ya totalmente prohibidos-
que hacen imposible que podamos escuchar a nuestros acompañantes,
salvo a quien esté sentado a nuestro lado y bien cerca. Otro hecho
que percibimos y sentimos como una gran carencia, sobre todo quienes no
somos jóvenes, es la desaparición prácticamente total
de las grandes casas que vendían CD y DVD, porque dejaron de ser
un negocio rentable frente a las diversas formas de bajar música
y películas por los nuevos medios tecnológicos. Quedan sí
pequeñas bateas en las sucursales de Barnes and Noble, y una sola
gran casa todavía en la calle Park Row, que se llama JR. Por nuestra
parte, esperamos que tales avances tecnológicos no terminen haciendo
desaparecer también las librerías. Claro está que
muchos barrios han mejorado notablemente en Manhattan y Brooklyn, y que
los museos siguen siendo de una total excelencia, como estupenda la actividad
teatral y todo lo relativo a la música, ya sea en Broadway, en el
Carnegie Hall, en el Lincoln Center, en Blue Note o en el Village Vanguard,
donde pudimos escuchar con deleite y asombro, liderado por los argentinos
Guillermo Klein y Richard Nant, un conjunto excepcional de músicos
haciendo jazz con temas de Astor Piazzolla, Alberto Ginastera y hasta Los
mareados, de Juan Carlos Cobián. Finalmente, hecho el balance, sigue
siendo Manhattan mi isla preferida y única en la que podría
vivir fuera de Buenos Aires. |